«ANKU TUPUE» OFRENDA A LOS MUERTOS

«ANKU TUPUE» OFRENDA A LOS MUERTOS

Modalidad:

carroza

Año:

2026

Para la comunidad ancestral de los “Pastos”, el pensamiento del fin de los seres humanos, no termina con la muerte, pues, por el contrario, la muerte es la continuación de la vida. Nuestros ancestros persisten en el buen morir, desde la prolongación de la vida en otros mundos, caracterizándose que tanto la vida y la muerte debe de ser bueno como un sentimiento de unidad común con quienes nos rodean, a través de las energías provenientes de la naturaleza y el cosmos.

Un mes antes del primero de noviembre algunas familias del pueblo de los Pastos nos empezamos a preparar para entrar al “ANKU TUPUE” el tiempo de los muertos, cortando leña, preparando chicha, arreglando la casa y elaborando “altares” llamativos, el cual contiene la comida y alimentos tradicionales, preparados por los vivos para esperar a los muertos.

De la misma forma, se cuenta con la participación de los niños de dichas comunidades, los cuales se visten de ángeles para recorrer caminos, buscando con quien cantar y rezar, hasta llegar a los altares: lugar donde también llegan los muertos para consumir los frutos y bebidas para acompañar la vigilia de la noche, para terminar de compartir entre los vivos y los muertos como un acto de familia que permite relacionarse entre sí.

Por lo tanto, para el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto para la versión 2026, se presenta la obra bajo la modalidad Carroza, llamada “ANKU TUPUE – OFRENDA A LOS MUERTOS”, ilustrada por medio de un diablo/demonio gigante, como figura principal, en representación de la muerte que tenemos que vivir todos los seres humanos en algún momento de nuestro existir, acompañado de diferentes calaveras como ese lado negativo y triste que sienten los familiares vivos del difunto y, de la misma forma la figura va acompañada de comida, donde dicho demonio recibe estos alimentos y ofrendas para ser recibidas por los difuntos y a cambio de ello, nos otorga un tiempo entre los vivos y los muertos quienes comparten recuerdos y momentos en familia. De la misma manera, se encuentra en la parte central de la obra, un niño vestido de ángel, como una figura importante haciendo alusión a los niños de las comunidades ancestrales que participan en estos rituales rezando, como representación del lado positivo e inocente del cual se caracterizan los infantes.

En la zona posterior de la obra, se ubica una anciana que representa a nuestra comunidad de los Pastos, como el integrante más importante que dichas comunidades, pues la misma, es la encargada de elaborar los altares con los diferentes objetos como lo son la comida, bebidas, entre otros, y, adiciona a ello, de cuidar con sus tradiciones y costumbres a los niños, mujeres, adultos y ancianos, en la convivencia de este plano terrenal. De forma general, encontramos rostros de mujeres, niños y comida que ilustran en mejor proporción el verdadero significado de “ANKU TUPUE”: que nuestra comunidad ancestral de los pastos, han inculcado y educado década tras década.

ANKU TUPUE: OFRENDA A LOS MUERTOS

En las montañas altas donde el viento canta con voz de trueno y el sol se esconde tras páramos infinitos, la comunidad de los Pastos aguardaba la noche más sagrada del año: la ceremonia de ANKU TUPUE, el viaje de los espíritus.

Los abuelos contaban que, en ese día, el mundo de los vivos y el de los muertos abría sus senderos para que las almas regresaran a la tierra. Por eso, en cada casa se preparaban ofrendas de maíz, mote, chicha y cuyes asados, junto con flores frescas y hojas de eucalipto que perfumaban el aire.

Una niña llamada Killa, de apenas once años, escuchaba atenta las historias de su abuela mientras ayudaba a encender las velas.

—Hoy nuestros difuntos caminan con nosotros —decía la anciana—. Si las ofrendas son sinceras, ellos vendrán alegres; pero si olvidamos el deber, sus espíritus se perderán en la oscuridad.

Esa noche, cuando el silencio del páramo fue más profundo, Killa se apartó del fogón y caminó hacia la quebrada. Allí, creyó ver luces que danzaban entre los pajonales: eran los ankus, almas luminosas que subían y bajaban como luciérnagas gigantes. Una de ellas se acercó y tomó forma humana: era su madre, muerta hacía dos cosechas.

—No llores, Killa —susurró con voz que parecía viento—. Hoy venimos porque ustedes nos llaman. El maíz y la chicha nos dan fuerza para cruzar el Tupue, el puente invisible que une tus pasos con los nuestros.

La niña tembló, pero comprendió. Regresó corriendo a la casa y colocó más flores en la mesa. Pronto, toda la familia sintió una brisa tibia recorrer la choza: los espíritus estaban allí, compartiendo en silencio.

Al amanecer, cuando el gallo cantó y el sol pintó de rojo las montañas, los espíritus partieron nuevamente hacia su morada. El fogón aún guardaba brasas y sobre la mesa quedaban los platos medio vacíos, como prueba de la visita.

Desde entonces, Killa nunca olvidó las palabras de su madre. Cada año, en la noche de ANKU TUPUE, recordaba que la muerte no era un final, sino un sendero compartido, donde los vivos alimentaban a los muertos, y los muertos daban fuerza y protección a los vivos.

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