En 1960 inicié este camino en el desfile de años viejos de Pasto. Era apenas un sueño, pero con los años se transformó en tradición.
Por los 90 creamos nuestra primera carroza: «En Nariño Hasta el diablo come cuy», Un diablito travieso, de ojos encendidos como brasas y sonrisa picara, sostiene un cuy asado que humea tentadoramente. Su lengua roja y puntiaguda saborea cada bocado, mientras sus cuernos brillan bajo la luz festiva del carnaval; carrosa muy poderosa, que llenó de risas y asombro las calles del carnaval.
Con el tiempo legaron nuevas fantasías, como «Blanca Nieves, los enanos y la bruja de rostro huesudo y arrugado, pómulos marcados, ojos grandes y maliciosos rodeados de ojeras. Nariz es larga, torcida y con verruga; labios resecos muestran dientes amarillentos y la barbilla puntiaguda refuerzan su aire siniestro y amenazante., que llevaron magia infantil y alegría a los corazones más jóvenes.»
Luego construimos «Qhapaq ñan- camino ancestral andino», una obra que rindió homenaje a la sabiduría ancestral y a las raíces que nos sostienen como pueblo. Más adelante rescatamos nuestras raíces con al leyenda de Pilcuán, el indio que enfrentó a un dragón ancestral, guardián de la memoria y símbolo de fuerza.
Desde esas alas de fuego también zarpó el Galeón San José, una obra que nos permitió representar tanto la grandeza de la historia como la riqueza de la vida marina. Alí, entre velas y tesoros, dimos vida a una tortuga, un delfín y otros animales marinos, recordando que el carnaval también es conciencia y respeto por la naturaleza.
Cada carroza que realicé fue más que arte: fue memoria, mito y color. Un legado tejido con mis manos, con esfuerzo, pasión y sueños.
Hoy, este viaje fantástico a través del tiempo y sobre el dragón «El guardián del fuego» llega a su última estación… llevándonos esos bellos recuerdos
Mi despedida.
Yo, Servio Tulio Carvajal, dejo en estas calles no solo carrozas, sino pedazos de eternidad.