Con esta obra pretendo resaltar las costumbres antiguas como la toma de la ayawasca consta de cuatro figuras representativas. al frente personajes importantes los guías y en su respaldo como dentro de un cofre los animales que viven dentro de ellos. Tenemos como figura principal El taita quién es el más poderoso y su animal representativo es el jaguar le sigue una mujer qué es el complemento de un hombre de igual manera con su animal es la serpiente y también una figura juvenil con su animal que es el colibrí por la energía que lo representa intentamos resaltar comportamientos ancestrales e invitamos a echar un ojo al pasado observar cómo vivía en armonía con la naturaleza con respeto y sobre todo dando la importancia a lo espiritual ayahuasca es una obra que pretende concientizar e invita a comportarnos mejor con nuestra amada tierra.
Cae la noche en estos paisajes espesos, rebosantes de vida; su manto oscuro cubre mi espíritu, que tímido asoma su existencia. Entre las montañas se esconde el sol y parece dejarme solo con mis pensamientos. Temerosos, mis ojos parecen desbordarse y rompen la fortaleza que por décadas he construido con el único objetivo de esconder mi humanidad, quizá por la vergüenza que produce la cobardía de un hombre que no luchó por ser lo que quería ser, la vergüenza de un esclavo que entregó su vida a complacer deseos prefabricados que en nada aportan a la tierra que dice amar. Ahora estoy aquí, decidido a buscar otro camino, convencido de que producir para un sistema infame no es lo único que importa, de que la vida tiene que ser mucho más que llegar a fin de mes. Exhausto, humilde y arrodillado, clamo paz, exijo respuestas al universo, pero caigo en cuenta de que ni siquiera tengo preguntas. No sé de dónde vengo ni hacia dónde voy. Pero no todo está perdido aún. Aquí, en este círculo sagrado donde el tiempo parece detenerse, solo respira lentamente el fuego y parece consumir mis penas. El sonido de los tambores se sincroniza con mis entrañas y soy uno con este momento. Y ahí está: «chamán» le llaman, para que nuestro pobre intelecto lo diferencie de los demás. Pero a él no parecen importarle nuestras etiquetas. Está sin estar; su presencia se siente en el soplido de su tabaco y en el silbar de su canto. Su rostro refleja la experiencia que solo puede dar la selva: la seguridad, la paz y la benevolencia que únicamente pueden ser otorgadas a alguien que guarda secretos ancestrales, alguien que se comunica en un lenguaje que no comprendo, pero que siento en lo más profundo de mi ser. Sus manos temblorosas empuñan la copa portadora de las raíces, tan amargas como reveladoras. Al beberla, mi garganta se abre como un río que encuentra su cauce. Rendido, mi cuerpo permite purgar lo malo que hay en mí: vomita arrepentimientos, expulsa silencios guardados por años sin razón, revela las preguntas que debieron ser realizadas hace mucho. Formas geométricas, fractales aparecen frente a mis ojos; miles de colores invaden mi visión. Trato de alcanzarlos, pero no están ahí. Yo no estoy ahí. Serpientes de luz tratan de comunicarme algo, pero no comprendo. Pierdo la noción del tiempo. La desesperación propia que produce lo desconocido invade mi viaje, pero ahí está mi guía, hilando mi realidad entre humo y cantos, asegurándome que todo va a estar bien. La conciencia se disuelve en el universo; el «yo» se disfraza de infinito y pierde todo significado. Por fin entiendo mi destino: no existo como individuo, soy parte de un todo, somos parte de un todo. Y debo gritar esta verdad: mis manos deben plasmar lo que encontré en este viaje al infinito que yace en mis adentros, el viaje al que todos y cada uno deberíamos acceder. Mi obra muestra 4 figuras alegóricas representando diferentes experiencias con la ceremonia de la toma del Hayawuasca…