Para los Pastos —comunidad indígena situada en el sur del departamento de Nariño—, Juan Chiles, cacique y principal de la parcialidad Nasate, constituye una figura trascendental en la configuración del pensamiento y la forma de vida de estos pueblos. Sus contemporáneos lo describían como “entendido en todo, y el que da razón de todo”. Su sabiduría no provenía de la academia, sino que se forjó a partir de la experiencia, de sus vivencias y, en gran medida, en la herencia transmitida por sus antepasados.
El Taita Chiles, como era llamado en su comunidad, es considerado uno de los grandes líderes políticos de la región, defensor de los derechos indígenas y comunitarios, así como protector del territorio y del medio ambiente. Su lucha, que se remonta a los años de 1700, permitió que las tierras que hoy habitan sus descendientes no fueran arrebatadas por invasores extranjeros y nacionales, interesados en explotar las riquezas naturales de la zona.
Como legado para su comunidad, Juan Chiles dejó cuatro principios que sustentan su pensamiento político y su concepción de una vida justa dentro de la sociedad:
“Saber desatar la letra quichua”: expresión con la que explicaba la importancia de la comunicación, tanto para comprender a los demás y a sí mismo para hacerse entender.
“Saber descifrar las escrituras de Carlo Magno”: aludía con ello al valor del conocimiento como herramienta fundamental para actuar en la sociedad.
“Saber labrar a cordel”: enseñaba la relevancia de obrar con rectitud, inteligencia y prudencia, evitando que las acciones generen consecuencias negativas para sí mismo y para los demás.
“Ser como el agua, la espuma y el río”: metáfora que evoca la adaptabilidad, la capacidad de fluir con la vida y, al mismo tiempo, la fuerza y la constancia.
Aunque Juan Chiles ya no pertenece a este mundo, desde la cosmovisión de los pueblos indígenas su espíritu permanece vivo. Se cree que aún merodea el territorio en forma de toro, venado o tigre, pues en vida poseía el don de transmutar. De este modo, continúa cuidando los lugares que solía frecuentar.
El legado de Juan Chiles no solo debe recordarse, sino también mantenerse vivo, fortalecerse y transmitirse a las nuevas generaciones, quienes garantizarán la supervivencia y el crecimiento del pueblo Pasto.
En la actualidad, estas comunidades manifiestan una profunda preocupación por el deterioro de sus ecosistemas, en especial por la disminución de sus fuentes de agua, afectadas por la expansión de la frontera agrícola y por modelos económicos que promueven la explotación indiscriminada de la tierra. Esta situación ha propiciado el alejamiento de los principios de vida y pensamiento defendidos por el gran Taita Chiles.
No obstante, los pueblos Pastos confían en que, así como han causado daños, aún están a tiempo de revertirlos. Con la guía de sus espíritus tutelares, buscan remediar esta situación mediante prácticas como la siembra del agua, un ritual sagrado que tiene como propósito reavivar y obtener nuevas fuentes hídricas para dar vitalidad a sus tierras. El ritual consiste en tomar, de lugares considerados sagrados (lagunas, cerros, volcanes, ríos y quebradas), la “semilla” —el agua—, transportarla en vasijas de barro y sembrarla en sitios donde escasea o donde sus fuentes se han secado. Esta acción se acompaña de ceremonias de agradecimiento y ofrenda, bajo la esperanza de que, al igual que ocurre con otros cultivos, el tiempo permita obtener frutos y cosechar nuevamente en abundancia el líquido sagrado de la vida.
En su propuesta escénica, Kantoamérica convoca la memoria ancestral a través de la figura de Juan Chiles, símbolo vivo de la resistencia y sabiduría de los pueblos indígenas del sur de Nariño. Su presencia en escena no solo honra su legado, sino que lo convierte en puente entre el pasado y el presente.
La ceremonia cobra vida con el ritual de la siembra del agua, un acto sagrado donde se entretejen la tierra, el espíritu y la palabra. Desde la cosmovisión de los pueblos Pastos, emergen elementos cargados de simbolismo profundo.
En el centro del tocado, imponente y sereno, se alza Juan Chiles. En sus manos lleva el bastón de mando, emblema de autoridad y guía espiritual. A su lado, dos vasijas de barro: ánforas que guardan la semilla, sustancia sagrada para el rito; desde sus bocas brota el agua, y en sus rostros de arcilla palpita la fertilidad.
El cueche, arcoíris protector de las fuentes hídricas, despliega su fulgor multicolor sobre el tocado, abrazando la escena con su manto espiritual. Para los Pastos, el cueche no es solo un fenómeno natural: es un espíritu vivo, guardián del agua y la vida.
El atavío se completa con un pectoral de poder, una falda multicolor bordada con símbolos sagrados y canilleras de protección, adornadas con semillas que evocan el ciclo eterno de la siembra y la cosecha. En los brazos, brazaletes de fuerza y resguardo: porque en las manos habita el trabajo, el gesto que transforma y fecunda la tierra.
Los sanjuanitos, los sonsureños, los pasacalles y los fandangos, ritmos familiares para el contexto de Nariño, pondrán la musicalidad a la puesta en escena de la murga andina Kantoamérica.