LO QUE SOMOS

LO QUE SOMOS

Modalidad:

carroza

Año:

2026

Esta propuesta representa el verdadero sentido de la existencia, llena de elementos simbólicos que representan la simbiosis del ser humano y la biodiversidad, elementos de mil formas y colores entrelazados en una metamorfosis espiritual. Lo que somos realmente en esta tierra: somos agua, somos fuego, somos viento, somos el verde y somos amor del universo pleno, somos el sonido del vuelo de un ave y la vibración de las olas del mar.

Rodeada de figuras muy representativas de nuestra fiesta magna y de gran importancia espiritual en nuestra existencia, deseo manifestar un poema en imágenes coloridas para reflexionar en este desesperado afán de ser lo que no somos, de creer en el desarrollo equivocado…

En el corazón del Carnaval, donde el blanco y el negro se funden como la noche y la mañana, emerge Lo que somos, una carroza que no se mueve sobre ruedas, sino sobre el pulso de lo humano. No es una simple muestra de formas y colores, sino un viaje sagrado a través del alma colectiva, una peregrinación visual hacia aquello que late en silencio bajo la piel de cada uno: la esencia.

Esta carroza no representa un personaje, ni un mito lejano, ni una historia contada mil veces. Representa el instante. El instante en que el niño levanta la vista al cielo y pregunta por las estrellas. El instante en que el anciano sonríe sin hablar, cargando años de historias y de amor. El instante en que dos manos se encuentran en la oscuridad, no por necesidad, sino por certeza: “somos”. Y en ese “somos”, vibra todo.

“Lo que somos” es un bosque de símbolos vivos. En su estructura, raíces torcidas se alzan como columnas del templo invisible que habitamos: son los ancestros, los que sembraron el maíz, el canto, el respeto por la tierra. Sus voces no se oyen, pero sus manos sostienen el presente. Entre ellas, figuras irreales y etéreas (quizá no de dioses o de hombres, sino de presencias) flotan con los ojos cerrados, escuchando el latido del mundo. Son los guardianes del asombro, aquellos que nunca olvidaron que respirar es un milagro.

Lo que somos no se dice con nombres ni se muestra con máscaras. Se siente. Se reconoce en el instante en que el ruido del mundo se apaga y, por un segundo, escuchamos lo de adentro: el palpitar antiguo que no aprende, que solo sabe. No es una historia contada, sino una que se recuerda. No es un destino, sino un regreso.

Somos el silencio entre dos latidos. Somos la primera imagen al despertar, antes de que el pensamiento la robe. Somos el impulso de abrazar sin razón, de llorar sin dolor, de reír frente al abismo. Somos, como diría Octavio Paz, “el olvidado asombro de estar vivos”.

En un mundo que nos entrena para correr, producir, ganar, esta propuesta es un acto de resistencia: la resistencia del alma que se niega a dormir. Porque lo más profundo de lo humano no está en lo que hacemos, sino en lo que sentimos cuando pensamos que no estamos haciendo nada. En ese momento en que el viento acaricia la espalda y, sin motivo, el corazón se expande. En ese instante en que miramos a los ojos de otro y, por un segundo, no hay distancia. En ese silencio compartido donde todo se entiende sin palabras.

Ese momento en el que nos damos cuenta de que no somos solo una gota de agua en la lluvia, el momento en que luchamos por ser un nombre y no un número, un nombre que es poesía pronunciada por los labios del otro, que es esencia en la voz del vecino que canta, en la risa de la anciana que teje, en la mirada del niño que aún no sabe de derrotas. Porque resistir, al final, es recordarnos unos a otros que existimos y que nuestra existencia tiene el peso y la belleza de un mundo entero.

Lo que somos es esa sensibilidad que nunca debió avergonzarnos: la ternura como forma de valentía, la tristeza como puerta al amor, la fragilidad como raíz de la conexión. Es el reconocimiento de que no necesitamos ser grandes para ser profundos; de que un suspiro puede contener más verdad que mil discursos.

Es un llamado a despertar del automatismo, a recuperar el misterio que nos habita. Porque no nacimos para producir, nacimos para sentir. Para maravillarnos. Para preguntarnos, bajo la lluvia de estrellas: ¿cómo es posible que estemos aquí?

Y en ese asombro, en ese temblor sagrado de la conciencia que se reconoce a sí misma, encontramos lo que verdaderamente nos une. Más allá del blanco, más allá del negro. Más allá de lo que fingimos ser, lo que lucimos, lo que logramos.

Somos eso que late cuando todo se calla. Somos el fuego pequeño que no se apaga. Somos, simplemente, el milagro de estar vivos y recordarlo a través del alfarero, de la tejedora, del músico, del soñador, del guerrero, del artesano.

Todos con los pies descalzos sobre la tierra de la carroza, como si caminaran sobre el tiempo mismo. Con rostros habitados por la calidez de la humanidad, no marcados por el blanco ni el negro, sino iluminados por el tono cálido que nace de la vida compartida.

Porque en el fondo, más allá del color de piel o del nombre que llevamos, todos bebemos del mismo río: el río de la sensibilidad, del dolor compartido, del amor. Y cuando el río finalmente se detiene, no hay silencio: hay un murmullo antiguo que nos reconoce y nos nombra, como si el universo, por un instante, recordara que también fue humano.

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