¿Quién soy yo? ¿Por qué nací al pie de un volcán? ¿Por qué amo tanto las tradición de mi Pasto? Estas preguntas han invadido mi mente desde niño. Cuando al morir el sol en mi ciudad regresaba a casa de la mano de mi abuelito, ahí nos esperaba esa bella ñapanga, con esas lindas trenzas. Ella nos brindaba un café hecho en leña, servido en una taza chiltada y bajo esa leña que nos abrigaba, alimentaban a los cuyes y me contaba cuentos, mitos y leyendas, el tiempo se detenía en noches de alegría. Al calor de velas. Todas estas historias de mi tierra y de mi legado me han hecho sentir orgulloso de ser hijo de un volcán, hijo de campesinos trabajadores, criado a punta de papa, yuca, cuy y cigarra con ayuya.
Orgulloso de mi carnaval, es por eso que toda mi infancia me interesé por la cultura de mi pueblo. Años más tarde, empecé a adentrarme más en toda esta historia, investigando el legado y lo tradicional de mi tierra, conociendo el amor por el arte y sus técnicas que reviven los más profundos sueños, llenos de magia y fantasía, haciendo vibrar los corazones del mundo.
En mi trayecto por descubrir nuevas historias encontré la comunidad indígena Quillacinga de Obonuco, donde los abuelos hablan del «diablo danzante», que con cada paso, hace temblar la tierra y pinta de colores el cielo con la gran wiphala. Este hermoso e inquietante personaje, que antes de ser el diablo se llama David, llega a la metamorfosis del color, transmitiendo la tradición de estos peblos. Baja de la montaña de fuego para alegrar los corazones, contando una historia con cada movimiento, con una bandera en su rostro y una mirada que logra cautivar a las masas. Aquí se fusiona el antes y el ahora, ya que nuestra danza se ve acompañada por una guaneña «moderna». Antes de decir su nombre, diremos que es la imagen viva de los pastusos en grandes escenarios a nivel mundial: Dayra, la gran mujer que ha cruzado fronteras llevando en sus obras la tradición de un pueblo por todo el mundo, cargando el escudo de mi región, lo que somos, que muestra con mucho orgullo junto a sus trajes y joyas blandas que decoran los cielos de un pueblo guerrero. Esta figura notable ha compartido escenario con los más grandes, llevando un pedacito del corazón de los pastusos, representando nuestro arte, bailando y con las manos en alto, dejando el nombre de un carnaval y la ciudad en lo más alto.
¿Qué sería del carnaval sin estos personajes emblemáticos? Se encuentran en todas partes y se han convertido en nuestra imagen, reviviendo la alegría y sirviendo de inspiración para muchos, resaltando la belleza de nuestras mujeres y la fortaleza de los hombres, dando a conocer nuestro arte: técnicas como el tallado en madera, el barniz y el trabajo en barro. Esto es ancestral esto es tradición; es nuestro legado.