CIELO ESMERALDA

CIELO ESMERALDA

Modalidad:

disfraz_individual

Año:

2026

En el sur de Colombia, casi rozando el cielo y custodiada por la majestuosa cordillera de los Andes, se encuentra piales, una ciudad donde la historia, la cultura y la espiritualidad se entrelazan con la niebla que cada mañana besa sus tejados. Mi obra, es una dedicatoria a esta ciudad, porque ahí están mis raíces, como persona y como artista del carnaval, donde quiero resaltar que este rincón del departamento de Nariño es mucho más que una frontera geográfica; es un territorio de profundas raíces andinas, de sabores ancestrales y de costumbres que se niegan a desaparecer, un pueblo que canta, que sueña, que resiste.


«Cielo esmeralda» es una obra escultórica que condensa con sensibilidad y fuerza simbólica la esencia cultural de esta ciudad andina del sur colombiano. La escultura, concebida como una pieza de carácter monumental y profundamente poético, se erige como un homenaje a las raíces vivas de la región y a la identidad colectiva de su gente. La figura central es la mujer campesina, tallada con gesto sereno y mirada firme hacia el horizonte. Su postura refleja dignidad, resistencia y sabiduría ancestral, Su fortaleza está hecha de madrugadas frías, manos curtidas y una dignidad silenciosa, ella cultiva la tierra, cuida la familia y lleva con orgullo la herencia indígena que habita en su sangre. En su mano izquierda sostiene unas papas, recordando la riqueza agrícola del altiplano nariñense y la conexión sagrada con la tierra, en su otra mano sostiene un azadón, una herramienta indispensable para extraer el fruto de la pacha mama, su presencia es un canto silencioso a la resistencia cultural. Sobre su espalda, envuelto en un rebozo, reposa un niño, cuya presencia no es un simple detalle maternal, sino el símbolo profundo de un legado: el testigo del pasado yel guardián del futuro, esta pieza nos habla sin palabras de las tradiciones Ipialeñas que se heredan en silencio.


El eje central de la escultura está revestido con cerámica Quillacinga, cuyas formas geométricas y espirales evocan el legado de los pueblos originarios y su cosmovisión circular de la vida. La orfebrería Quillacinga no solo es una expresión artística ancestral, sino una herencia viva que contribuye profundamente a la identidad cultural de Ipiales. Representa un legado de sabiduría, espiritualidad y creatividad que sigue inspirando a las nuevas generaciones y fortaleciendo el vínculo con el territorio y la historia propia.


En uno de los pliegues de la falda de la mujer encontramos tres figuras que hacen alusión y homenaje al festival internacional «cuna de grandes tríos». En Ipiales, cada rincón guarda un secreto, una leyenda, una nota de guitarra que vibra en el alma como el eco de un amor antiguo. En octubre, cuando el cielo se enciende con luces de esperanza, el Festival Internacional de Tríos transforma la ciudad en un santuario de cuerdas y voces, los corazones laten al compás de boleros eternos, mientras la luna, tímida y cómplice, escucha desde los tejados. No es solo música, es la sangre misma del pueblo entonando su herencia, es la identidad hecha canción, donde guitarras, requintos y voces se entrelazan en serenatas melancólicas que evocan amores pasados y paisajes nostálgicos.


En los pliegues de la falda de la mujer campesina también se ubican dos figuras que representan el jugador y e l artista del carnaval multicolor de la frontera. Ningún alma se queda quieta cuando llega el «carnaval multicolor de la Frontera», fiesta que desafía las líneas invisibles del mapa, porque en Ipiales, la frontera no divide: une. Esta es una fiesta que transforma las calles en lienzos vivos y que reivindica la diversidad, la alegría y la creatividad del pueblo. Durante esos días, la música, la pintura y la espuma son lenguaje común, y la ciudad se convierte en un escenario de libertad estética y social, Colombia y Ecuador se abrazan en danzas, en colores, en acentos que se confunden y se entienden sin traducción, es un cruce de caminos donde el corazón se vuelve puente.


En las cocinas humeantes se amasa otro recuerdo: el pan de maíz. Es así como en la parte posterior de la obra, se ubica un horno tradicional de barro, donde se cocina este pan de maíz, caliente, dorado, humilde y sabroso como la tierra que lo ve nacer. Se comparte entre vecinos, entre viajeros y ausentes que regresan solo por ese aroma, por ese mordisco de infancia. En su textura vive la ternura de las abuelas, el trabajo del campo, el maíz que crece bajo un sol que no olvida, preparado con esmero en hornos tradicionales, este pan no solo alimenta el cuerpo, sino también la memoria de una identidad que se transmite de generación en generación.


En el cargador, camina la figura en homenaje e inspirada en el inconfundible Geraldo Rosero, el Taitico danzarín. Su cuerpo, hecho de ritmo y memoria, se convierte en un instrumento vivo, un puente entre la tradición y la magia, un lienzo en movimiento que guarda la esencia del pueblo pialeño. Cada paso suyo no es solo danza: es un relato ancestral que brota de la tierra, es la teatralidad convertida en fuego, es la máscara que habla sin voz y el gesto que
hace visible lo invisible.


Con su arte, Geraldo no solo ha danzado en las calles de Ipiales, sino que ha llevado consigo el eco de su ciudad hacia otros horizontes del mundo, sembrando en escenarios lejanos la semilla del Carnaval Multicolor de la Frontera. Donde se detiene, las miradas descubren que en su cuerpo habita la fuerza de los Pastos, la picardía del disfraz, la solemnidad del rito y la alegría irreverente que define a su gente.


Ipiales no es solo una ciudad. Es un espíritu vivo hecho de maíz, música, mujeres sabias, sabores andinos y cielos fantásticos, porque también encontramos el milagro de las nubes verdes. Sí, verdes. No es ilusión ni leyenda, son reales, como las lágrimas de un volcán dormido o el canto de un mirlo andino. Verlas flotar sobre el Santuario de Las Lajas es presenciar un hechizo. Como si el cielo también quisiera vestirse de maíz, de esperanza, de selva y montaña.


Ipiales no se cuenta, se siente. Es un lugar donde la tradición no es pasado: es pulso. Donde la identidad no se busca, se vive en el canto de un trío, en el crujir de un pan, en el abrazo sin idioma de la frontera, en el vuelo imposible de las nubes verdes. Porque hay pueblos que tienen historia, hay otros, como Ipiales, que son poesía.

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