Desde lo más profundo de nuestro ser, surgen las raíces que sostienen nuestra esencia, aquellas que nos conectan con la naturaleza que nos nutre, el cosmos que nos guía y los saberes ancestrales que nos inspiran. Es así, que la cosmovisión andina nos invita a reconocer que somos parte de una red viva de interrelaciones entre el ser humano, la Pachamama y el universo.
Esta cosmovisión, ha sido propia de los pueblos de los Andes en territorios que hoy comprenden Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia, la cual no solo representa una forma de entender el mundo, sino también una manera de vivir evocando las creencias, los rituales y saberes ancestrales. Por ello, reconociendo la conexión y reciprocidad que fundamentan el pensamiento andino, mi propuesta para el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, versión 2026, se centra en la Cosmovisión Andina. En la obra, presentada bajo la modalidad de comparsa, se han incorporado cuidadosamente elementos simbólicos que revelan el contraste de la espiritualidad, el equilibrio de la naturaleza y la herencia cultural.
Se representa en su estructura artística de manera relevante a los seres de la naturaleza como una entidad viva, donde germina cada elemento para formar uno solo. La Pachamama (madre tierra), los Apus (espíritus de las montañas). De igual manera, se presentan los tres planos o mundos andinos,
donde son protagonizados con algunos animales como el cóndor, ave majestuosa que surca los cielos y que con su vuelo elevado conecta Hanan Pacha, el mundo de arriba, donde habitan los dioses y los espíritus protectores. En contraste se presentan a la serpiente de dos cabezas simbolizando el Uku Pacha, el mundo de abajo, el de los muertos, el interior de la tierra, lo oculto y lo ancestral. Kay pacha, habitado por el ser humano, el mundo presente, donde vive la experiencia terrenal. Asimismo, el búho que, con su vuelo sigiloso y su presencia enigmática, representa la sabiduría de los antepasados y que conjuntamente con el jaguar, forma parte del tejido sagrado del mundo presente, donde ambos se manifiestan como emblemas de poder espiritual, transformación interior y dominio de los elementos, transitando con naturalidad entre la luz y la sombra, entre la vida y la muerte.
Dentro de esa conexión simbólica y en contraste con la estructura terrenal, emerge también la figura de Inti, el dios Sol, considerado el corazón palpitante de la cosmovisión andina y al cual se rinde tributo a través de la fiesta del Inti Raymi. Además, es fuente de luz, calor y vida, Inti fue venerado por nuestros ancestros como guia celestial que marca los ritmos del tiempo y sostiene el equilibrio del universo. Gracias a su energía, los cultivos florecen, entre ellos el maíz, alimento sagrado que simboliza abundancia y conexión con lo divino. El maíz, regalo de los dioses, no solo nutre el cuerpo, sino también el espíritu de los pueblos que han sabido honrar la tierra y sus ciclos.
En este contexto, la propuesta se manifiesta como un canto a la vida, una danza sagrada del equilibrio dinámico donde todo se necesita entre sí, donde todo tiene alma y esta interconectado y al cual le debemos nuestro más profundo respeto y veneración.