Este atuendo nace como un canto de vida y fuerza una representación de la murga son del Recuerdo que tras años de silencio, vuelve a rugir con más intensidad en el carnaval de negros y blancos. En él se unen la tradición, la memoria y la esperanza que florecen de nuevo en las calles llenas de música y de color.
La pieza central es el imponente tocado de león, cuyas fauces abiertas y mirada encendida evocan la valentía de un pueblo que no se rinde. Rodeado de un abanico de plumas negras y grises, el penacho simboliza la libertad y el espíritu que se eleva con el viento del carnaval. El rostro pintado en verde y blanco no solo adorno: es un grito de esperanza y renovación, la unión de lo sagrado y lo festivo, un espejo de la naturaleza que nos rodea y del espíritu alegre que nos habita.
Sobre el pecho un pectoral multicolor tejido con mostacillas y chaquiras recuerda la diversidad cultural que hace único al carnaval. Cada cuenta, cada destello es reflejo de la mezcla de raíces indígenas, africanas y mestizas que se abrazan en estas fiestas patrimonio de la humanidad.
La camisa dorada resplandece como símbolo de triunfo y orgullo, mientras el cinturón bordado en amarillo y los flecos azules evocan la riqueza de la tierra, el agua que nos da la vida y la abundancia de los Andes.
El atuendo se completa con destellos vibrantes; pompones rojos y amarillos colgando de las manos, pequeños soles que acompañan el ritmo de la danza; brazaletes dorados que evocan el poder y energía; sandalias decoradas que conectan al bailarín con la tierra, recordando que el carnaval se vive desde el alma, pero también desde las raíces.
Este traje no solo viste un cuerpo, viste la memoria de la murga que regresa. Representa la fuerza del rugido que vuelve a resonar en el corazón de su gente, la alegría de encontrarse con la fiesta y el compromiso de mantener viva la tradición. Así, con cada paso, con cada nota y con cada sonrisa, este atuendo proclama: Estamos de vuelta, rugiendo en el carnaval, más fuertes y más vivos que nunca.