ESPIRITU DEL SUR 

ESPIRITU DEL SUR 

Modalidad:

disfraz_individual

Año:

2026

Cuentan los mayores que, en las montañas del sur de Nariño, cuando la tierra respira y el viento baja desde los páramos, despierta un espíritu que danza entre las cosechas y las fiestas. Ese espíritu se llama tradición, y habita en los pueblos pastos y quillacingas, donde los danzantes se visten con cascabeles que repican al compás de la tierra, con follados que flamean como sembrados al viento y con tocados adornados de dorados y detalles solemnes que llenan de elegancia cada paso de la celebración.

En el corazón de la obra se alza el maíz, dorado y sagrado, guardián de la abundancia campesina. Desde su cima, un ancestro sopla con fuerza invisible: su aliento es semilla de memoria, viento que viaja del pasado al presente. Esa energía desciende hasta el danzante que sostiene toda la estructura: un portador de herencia, vestido con el traje tradicional y coronado por un colibrí como símbolo de ese ser mensajero que lleva consigo la herencia y la hace volar hacia nuevas generaciones.

A sus costados, dos cabezas de vaca miran con solemnidad. Ellas son la ganadería que alimenta, pero también lo sagrado, el respeto profundo que territorios como Inchuchala (Pupiales) ofrecen a este animal en sus danzas. Sobre esas cabezas se levantan las iglesias, recordándonos que las fiestas patronales son escenario donde los danzantes cobran vida y se vuelven custodios de identidad; las ramas que emergen, secas pero firmes, son raíces: las huellas de los abuelos que sostienen la continuidad del tiempo.

En la parte trasera se abre un universo celeste: el mascarón del sol y la luna, eternos vigilantes de los ciclos de la siembra, la cosecha, el clima y el destino del campesino. A su alrededor suenan los instrumentos de la banda de yegua: el bombo, la quena, el pingullo y el redoblante. Cada golpe y cada soplo acompañan el paso firme de los danzantes, como si la música misma tejiera el camino.

Y en lo más alto, los colibríes revolotean como símbolo de los campesinos que habitan y dan vida a este lugar. Entre ellos giran dos discos radiantes, de colores vivos, símbolos de los ciclos eternos: la vida, el tiempo, la renovación.

Así nace Espíritu del Sur: no solo como una obra, sino como un relato vivo que rinde homenaje al danzante y al campesino, al ancestro y al niño que aprende. Es el soplo que viene desde las montañas, el canto que se mezcla con los tambores, la danza que enciende las calles en el Carnaval de Negros y Blancos.

×
Imagen de galería
Scroll al inicio