Esta propuesta se inspira en la Insurrección comunera de la provincia de los Pastos en 1800, un hecho histórico poco visualizado, pero de profundo significado para la memoria colectiva del sur andino. Fue una de las rebeliones indígenas más significativas contra el dominio colonial español, en respuesta al abusivo aumento del impuesto colonial conocido como el recudimiento, una forma agravada del cobro de diezmos que afectaba la vida cotidiana. El pueblo se alzó en Guaitarilla y ol que en apariencia era solo una medida fiscal, terminó siendo la chispa que encendió el grito de un pueblo cansado del abuso y la injusticia, marcando así el inicio de una gesta popular por la dignidad.
La obra denominada «INSURRECCIÓN» rinde homenaje a esa memoria histórica, a la valentía de la provincia de los Pastos, a ese espíritu de rebelión comunera, que tuvo lugar el domingo 18 de mayo de 1800, en plena misa; mientras el padre Bernardo Eraso leía el edicto real sobre el recudimiento, dos mujeres indígenas, Manuela Tarapués Cumbal y Francisca Aucug, se levantaron con valentía, caminaron hacia el altar y rompieron el documento frente a toda la comunidad. Ese gesto de resistencia femenina marcó el inicio del alzamiento comunero, y con él, se activó la redada ancestral de comunicación indígena. A ritmo de chasqui, tambores, churos y antorchas, la voz se esparció rápidamente a pueblos cercanos como Túquerres, Sapuyes, Iles, Chaitán y El Guavo, donde comunidades enteras decidieron unirse a la causa.
Se evoca ese momento de unidad y resistencia colectiva, donde los comuneros se enfrentaron a los hermanos Francisco y Atanacio Rodríguez Clavijo, corregidor y diezmero, representantes del poder colonial, símbolos del poder opresor. La Real Fábrica de Aguardiente, conocida como la «Casa del Diablo», arde en el trasfondo como símbolo del rechazo a la explotación. Este alzamiento no solo tuvo consecuencias políticas, económicas y sociales, como la represión brutal y el castigo ejemplar, sino también culturales. Aun así, la cultura sobrevivió, como hoy sobrevive en la memoria festiva del Carnaval.
La Insurrección Comunera de los Pastos fue un acto de desobediencia civil que trascendió el momento. No fue una simple revuelta, sino una afirmación profunda de dignidad, de autonomía y de fuerza colectiva. Esta obra es un alzamiento visual que convierte ese pasado silenciado en símbolo visible, en arte popular, en canto de justicia, busca conectar el pasado con el presente, recordando que la lucha por la justicia y la desobediencia ante la opresión son parte viva de nuestra identidad, en pleno carnaval, donde se celebra la libertad creativa, esta propuesta transforma el dolor en resistencia, el fuego en memoria, la rebeldía en arte, el tambor en llamado ancestral yel grito comunero en canto colectivo. Es un homenaje al coraje de un pueblo que, ante la opresión, prefirió morir luchando antes que vivir sometido. En el corazón del pueblo Pasto, aún retumban los tambores de 1800. ¡No hay perdón, sino guerra! Porque la dignidad de un pueblo no se arrodilla: se levanta, arde y resiste.