La murga andina Son del Carnaval, en su propuesta encaminada hacia el Carnaval de Negros y Blancos en su edición 2026, bajo el nombre “Kamëntsá: El carnaval como memoria viva del pueblo”, busca difundir un poco más de las tradiciones y creencias que rodean la cultura de los pueblos Kamëntsá. Se trata de una narrativa olvidada que siempre ha estado tan cerca de nosotros, que comparte nuestras mismas raíces, pero que se ha visto extraviada en el tiempo. Así, a través de nuestro carnaval, con nuestros colores, queremos mostrar los colores del suroeste colombiano, los de la cabecera del río Putumayo, los de las estribaciones del Nudo de los Pastos. Mostrar, así, un poco más del Valle de Sibundoy, un poco más del pueblo Kamëntsá.
A lo largo del tiempo, y quizás también por la falta de medios, de interés o incluso de deseo de dar voz a estos pueblos, se ha perdido una parte importante de su tradición. Así lo expresan los habitantes del Valle de Sibundoy, quienes comentan cómo el paso del tiempo no solo ha traído consigo la modernización propia del avance tecnológico, sino también la globalización de tradiciones anglosajonas, volviéndose más llamativos los extranjerismos y las ostentosas celebraciones, que toda la narrativa propia del pueblo Kamëntsá, sus rituales y tradiciones, cargados de una historia que las nuevas generaciones casi han olvidado, una historia de resistencia, de lucha, de adaptación, de perdón y de memoria. Celebraciones como el Bëtsknaté, que etimológicamente está compuesto de “Bëts”, adjetivo que se refiere a grande o gran, “Kna”, sufijo que significa “cómo”, y “Té”, sufijo que significa “día”, traduciendo así: Día Grande, o Carnaval del Perdón, nos recuerdan la importancia del perdón, a los demás, a la familia, a los cercanos, y a nosotros mismos; nos recuerda cómo un abrazo, unas palabras de desahogo y un trago de chicha al ritmo del bambuco sureño pueden ser más que suficientes para dar ese perdón que, a veces, necesitamos para vivir en paz. Todo esto, y mucho más, hace parte de lo que estos pueblos han buscado transmitir, y que, en esta ocasión, nosotros queremos dar a conocer, queremos dar voz a este pueblo, a este pedazo del sur olvidado de Bolívar, y, a través de nuestro carnaval, mostrar sus festividades, sus tradiciones y, como se mencionó antes, los colores del Putumayo. Queremos enaltecer la figura del pueblo Kamëntsá, la del artesano, del músico, del danzante; enaltecer a todos aquellos que siguen luchando contra el tiempo, contra la modernidad, en búsqueda de la preservación de lo nuestro.
Si bien existe la costumbre de hablar del cielo como un punto límite, un sueño lejano, la suma complacencia o algo inalcanzable que buscamos acercar, tal vez su lejanía no se deba tanto a la distancia física, sino a la distancia que nosotros mismos decidimos percibir. Pues existe, en realidad, un cielo en la tierra, uno dado por la fuerza que esta misma nos transmite, nuestro punto de origen y lugar al que siempre regresamos. Lugar previo y posterior al estado natural, el estado más puro de todo ser vivo, todo aquello que ha estado antes y que estará después, es el punto en el que todo se vuelve uno, en el que nos volvemos uno con el todo, la tierra debe ser parte de nosotros, como lo es para el jaguar, ese espíritu de fuerza indomable, cazador preciso, guerrero, gobernante y guardián del territorio, garante de la fertilidad y el bienestar de la naturaleza, con su rugido, grave y potente como el trueno, que anuncia la llegada de las lluvias y, con ellas, la creciente corriente de lagunas y ríos, las venas del mundo, esas fuentes de pureza y vida son también el hogar de la serpiente, símbolo de sabiduría y fuerza natural, que transita entre el Kay Pacha (mundo del medio, o este mundo) y el Uku Pacha (mundo de abajo, o inframundo), camino a través del cual se vuelve un canal de sabiduría, de conocimiento del pasado, del presente y del futuro, ella otorga una fuerza vital al territorio, emergiendo desde el agua, reflejo del cielo mismo, en su infinito azul, con sus vetas blancas como las nubes, así como los collares del Kamëntsá, reflejos mismos del cielo, que es también el hogar del guacamayo, símbolo de libertad, tanto del pensamiento como del ser, representante del sol entre los animales, cuyos colores llamativos evocan los del Putumayo, colores que se manifiestan en cada prenda, en cada tejido, en cada paso de danza, en cada soplo de los vientos y en cada latido de los tambores, los latidos de nuestra tierra. Así, cielo, tierra y agua se funden en una cosmovisión que no separa lo espiritual de lo cotidiano, sino que los entrelaza en un solo cuerpo: el territorio.
Los tres cielos de los que habla nuestra propuesta no son simples metáforas; son niveles de existencia que se viven y se sienten desde la mirada Kamëntsá: el cielo superior, o celestial; el cielo medio, que habitamos como humanos; y el cielo interior, el del espíritu y la memoria. Reconocerlos y representarlos no es solamente un acto artístico o festivo: es una acción política, una declaración de que el carnaval también puede ser un acto de memoria, de reivindicación y de resistencia cultural.
Con “Kamëntsá: El carnaval como memoria viva del pueblo”, la murga andina Son del Carnaval propone una lectura del Carnaval de Negros y Blancos no solo como una fiesta, sino como un puente de diálogo entre culturas, donde el arte se convierte en vehículo de memoria y el cuerpo en canal de transmisión de saberes. Al retomar la voz del pueblo Kamëntsá y proyectarla en la celebración magna del suroeste colombiano, nuestra propuesta se alza como una invitación a reconocer lo que ha sido invisibilizado, a abrazar nuestras raíces comunes y a entender que el cielo, en sus múltiples formas, no está fuera de nuestro alcance, sino que vive en nosotros, en nuestras historias, en nuestra tierra y en nuestras luchas compartidas. Así, el carnaval se transforma en un puente entre culturas, en un puente entre mundos, se torna en un escenario donde la tradición no se conserva en el pasado, sino que se reinventa en el presente para vivir con fuerza en el futuro.