MEMORIAS

MEMORIAS

Modalidad:

disfraz_individual

Año:

2026

Memorias es una obra que abre un umbral entre lo cotidiano y lo espiritual, un tejido donde el pasado y el presente se entrelazan como hilos invisibles. En cada relato, en cada gesto, en cada frase, palpita la voz de la tradición, transmitida a través de mitos, leyendas y juegos tradicionales que guardan la esencia de un pueblo. Cada símbolo, el espacio, la palabra, la llama, se convierte en signo sagrado, en un eco que no se extingue, que perdura con el pasar del tiempo de generación en generación.

El fogón, corazón de la escena, es mucho más que fuego: es encuentro. Allí, donde el calor congrega a más de una generación, el tiempo pasa tan rápido y a la vez tan lento que la memoria fluye con naturalidad, como un río que nunca deja de correr. La chispa del fuego se hace puente, uniendo la palabra de los abuelos con la imaginación de los nietos, un lazo espiritual ardiente que custodia la sabiduría ancestral.

Los personajes encarnan la continuidad del tiempo, los abuelos siendo guardianes de la memoria colectiva, un mapa viviente de un pasado que se niega a ser olvidado. Ahí, a un costado del fogón se encuentra Elena, tan atenta y tan sumergida en los relatos, con su arepa y café; de igual manera Leonardo imaginando todas las escenas de los mitos y leyendas, deleitando un choclo preparado al calor de fuego, ellos representando el futuro, siendo semillas vivas de esperanza, testigos de que las historias aún pueden florecer y perdurar en el tiempo.

Las narraciones se divergen en dos caminos, como los rostros de la vida misma: por un lado, los mitos y leyendas que se diluyen en el humo generando temor e imaginación en los pequeños. Comentan los abuelos: el duende a veces se lleva las llaves y la calma, con su risa de algodón; a veces es guardián del río y de la montaña, siembra el respeto para el alma que lo acompaña. Así mismo, cuando el padre descabezado con su sotana entre sombras, un sacerdote sin rostro, una pena sin fin, buscando en la noche su trágico botín, cargando su pecado, clamando por su fin, va por iglesias de la Panadería y Santiago, un reclamo silente, un dolor sin cabeza, que ronda la noche y el miedo comienza, espantando a los pecadores y buscando desolado su cabeza. De igual manera, el niño Auca: en el corazón del páramo, donde la niebla es el velo, se escucha un lamento que sube hasta el cielo; es la voz de un niño, un suspiro de pena, un alma que vaga en la tarde serena; llora la tristeza de un pasado distante. Si te pierdes, no sigas su triste cantar, pues su llanto te puede llevar al mar, convirtiendo así los mitos en un hilo de lo ancestral que conectan al alma con lo irreal.

Por otro, los juegos tradicionales: recordar mientras unos jugaban canicas, otros el cuspe hacía bailar y aquellos que se arriesgaban palo encebado querían ganar, eso que nunca fue un simple pasatiempo, sino escuelas de vida, rituales de infancia donde se aprende la perseverancia, la alegría de compartir y el valor de la sana competencia. El abuelo no los narra, los revive, los siembra en la imaginación de sus nietos, devolviendo a la vida recuerdos que parecían dormidos.

Bajo esta obra a la memoria, una sombra se teje: la nostalgia del tiempo, el vértigo de un mundo que corre y no espera, que en su afán de prisa, el silencio se agrieta. La tecnología, un regalo de luces, pero un ladrón de instantes que va haciendo olvidar esas viejas costumbres.

A través de la hoguera, aquel ritual compartido, el alma de historias y el juego vivido, en la prisa del presente, el pasado se vuelve un olvido, el eco de risas que se han mantenido.

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