Epígrafe: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla.»
Esta frase resuena con gran verdad, especialmente cuando reflexionamos sobre la época de 1810 a 1824, durante el apogeo de la campaña libertadora contra el yugo español. En este contexto, un pueblo al sur de Colombia, Pasto, se opuso fervientemente a la independencia.
Hemos creado esta obra alegórica para recordar los sucesos y personajes que marcaron la cultura actual de los pastusos. Al investigar en fuentes históricas, descubrimos eventos de gran importancia. Por ejemplo, en 1814, un grupo de mujeres armadas con palos, herramientas y algunas armas derrotaron al general Antonio Nariño en las afueras de Pasto, en el sector conocido como el Calvario. Estas valientes mujeres, como serpientes defendiendo su territorio, se llenaron de valor y protegieron su ciudad, desprovista de soldados debido a una mala maniobra militar.
Destacamos también a Agustín Agualongo, un militar realista mestizo con raíces indígenas, quien se ganó el título de héroe por su coraje y liderazgo. Lo representamos como un jaguar, símbolo de poder y fidelidad a su causa. Además, mencionamos a los hombres anónimos que, como lobos feroces, pelearon y se convirtieron en una pesadilla para Bolívar.
Queremos resaltar los factores que motivaron a este pueblo indomable, nombre que le dieron sus enemigos. La fuerte creencia religiosa y la imposición de la cultura medieval española afianzaron el concepto de verticalidad y poder, mezclado con el derecho divino de los reyes. La bondad y la ingenuidad de los indígenas en relación con el patrón amo que los sometió también jugaron un papel crucial.
Algunos historiadores sostienen que la lejanía de Pasto respecto a las directrices de Popayán y Quito permitió a los líderes criollos tomar sus propias decisiones. Además, la fertilidad de las tierras y la organización local facilitaban el pago de impuestos. No podemos olvidar los ataques de las tropas quiteñas en el pasado, que dejaron marcas en sus habitantes.
Lamentablemente los siguientes eventos que sucedieron fueron el preludio del fin, el 7 de abril de 1822, Bolívar sufrió una gran humillación al perder una batalla. Aunque intentó resolver el conflicto de forma diplomática, no tuvo éxito. En octubre, de 1822, Agustín Agualongo y el coronel Tomás Vobes lideraron un alzamiento que colmó la paciencia de Bolívar. En respuesta, envió tropas al mando del mariscal Antonio José de Sucre, quienes finalmente derrotaron a los realistas el 22 de diciembre en la Cuchilla de Tangala y el 23 en el Guáitara. Esta fue la excusa para entrar en la ciudad un día 24 del mismo año, con la consigna de que todo lo que tomaran sería suyo. Ese día, incluso ni lo sagrado se salvó por poco. Dos años después, en 1824, Agustín Agualongo fue capturado y fusilado siempre fiel a su conviciones, sellando el fin de estos hechos que aún resuenan en la memoria de muchos habitantes.
Esta obra busca enseñar que la violencia no es el camino para resolver los conflictos. Recordar estos eventos es crucial para no repetir los errores del pasado.