Voces del Monte y de la Tulpa
Nuestro territorio está lleno de cultura ancestral, un espacio donde la fantasía besa nuestro plano terrenal y lo transforma en un mundo de significados profundos. Todo nace desde uno de los momentos familiares por excelencia del campesino nariñense: la reunión alrededor de la tulpa. Ver cómo la familia completa se congregaba a compartir el calor del fuego ha llenado nuestras vidas de grandes historias, aquellas que nuestros abuelos, en su infinita sabiduría, nos susurraban con paciencia. Entre las chispas del fuego y el olor a leña, se abrían las puertas a relatos que no solo entretenían, sino que enseñaban y transmitían la fuerza de la tradición.
En esas noches, así como en cada minga, se escuchaban las voces de aquellos que pocos logran oír. Solo los sabios de corazón abierto podían compartirlas. Entre ellas, siempre aparecían dos presencias místicas: el Gran Kusik y el temido Nawi. Ambos eran figuras constantes en los relatos campesinos y, de alguna forma, guardianes y tentaciones del monte.
El Gran Kusik era el espíritu travieso que acechaba a los más jóvenes. Lo describían como un ser de mirada hipnótica, con ojos verdes brillantes que parecían danzar con la luz del monte. Sus ropajes estaban formados por hilos de hojas secas y flores silvestres, siempre en movimiento, como si el viento lo acompañara en un eterno juego. Kusik poseía una sonrisa amplia y burlona, con la que llamaba a los muchachos. Los atraía con música y fiesta, tocando flautas invisibles y entonando cantos que parecían surgir de los mismos árboles. Su risa resonaba como un eco entre las montañas y, cuando los jóvenes inocentes respondían a su llamado, él jugaba con ellos hasta hacerlos perder en la espesura del bosque. Kusik no buscaba hacer daño directo, pero su naturaleza festiva y desbordada terminaba por desorientar a quienes se dejaban arrastrar por su jolgorio.
Por el contrario, Ñawi era el guardián severo, aquel espíritu que todo lo ve. Su nombre mismo, que significa “ojo”, revelaba su esencia. Los ancestros lo describían como un ser pequeño pero de gran sabiduría, cubierto por un manto azul que se confundía con la sombra de los árboles más viejos. Sus ojos eran enormes y luminosos, de un azul intenso y penetrante, capaces de atravesar el alma del hombre y revelar sus intenciones. Su rostro no inspiraba ternura, sino respeto y cierto temor, pues de él emanaba la fuerza de la naturaleza misma. Nawi resguardaba la vida silvestre y la armonía del monte. Cuando los hombres abusaban de los recursos, castigaba oscureciendo el cielo, llenando el aire de presagios y obligando a todos a reconocer que la tierra también tiene límites.
Kusik y Ñawi mantenían un equilibrio sagrado. Mientras uno buscaba arrastrar a los jóvenes hacia la fiesta interminable, el otro protegía el orden natural del monte. Los abuelos, sabios en su andar, entendían que para tomar los recursos del bosque era necesario pedir permiso y mostrar respeto. Así, entre cuentos y enseñanzas, recordaban que la tulpa encendida no solo calentaba el hogar, sino que sostenía la memoria y el espíritu de la comunidad. Ese mismo legado espiritual se expresaba en cada detalle de la vida cotidiana, incluso en la manera de vestirse para las mingas, cuando el trabajo y la fiesta se entrelazaban como hilos de un mismo tejido.
En las noches alrededor de la tulpa, mientras los abuelos narraban las historias del Gran Kusik y del temido Ñawi, la música siempre aparecía como un eco del monte y del espíritu comunitario. Los sanjuanitos, con su alegría contagiosa, recordaban la llamada de Kusik, ese canto que atraía a los jóvenes hacia la fiesta interminable, símbolo del jolgorio que late en la sangre nariñense. El pasacalle, en cambio, evocaba la marcha de la minga, el paso firme de quienes recorrían los caminos para sostener la vida, convirtiendo la labor en una celebración compartida.
La banda de yegua, con su fuerza desbordante, parecía imitar el bramido del monte, ese rugido vital que Nawi protegía para que no se apagara. Sus vientos y tambores llenaban de energía las veredas, llamando a todos a participar en la fiesta como si el mismo espíritu del bosque tocara junto a los músicos. Y el bambuco sureño, con su tono alegre, el cual era el reflejo de la memoria: un canto que unía generaciones, que recordaba a los abuelos y al mismo tiempo encendía la esperanza de los jóvenes. Así, cada ritmo no solo anima el cuerpo, sino que conecta la música con la memoria, la naturaleza y la vida comunitaria.
El atuendo campesino que acompaña la minga hacia el monte refleja tanto la funcionalidad del trabajo como la identidad festiva de las familias andino-amazónicas. El sombrero de ala ancha, tejido en paja toquilla, protege del sol y la lluvia, mientras la camisa blanca de algodón simboliza sencillez y pureza. Sobre ella resalta un chaleco de colores fluorescentes con figuras de rombos, que aportan vitalidad y recuerdan el tejido comunitario. El pantalón de paño, remendado con telas multicolores, evidencia la memoria del trabajo y la creatividad para dar nueva vida a lo usado.
Las medias llamativas y los bolsos tejidos en colores fuertes inyectan alegría al atuendo, mientras los botines de cuero aseguran firmeza y resistencia en la labor. Siempre presente, el machete en la correa y el cute de bordón acompañan al campesino como herramientas indispensables para bajar ramas y recolectar leña.
A la espalda, el guango de leña se convierte en el símbolo mayor: esfuerzo colectivo y herencia viva. Dentro de sus haces se guardan también atados de ruda, protectora contra el mal aire, signo de respeto por el monte y los saberes antiguos. Así, cada carga asegura que la tulpa permanezca encendida, manteniendo la unión familiar y el eco de las voces ancestrales.